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porretas

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Diana frank. Con la tecnología de Blogger.
relato (14) foto (4)
17 octubre 2015
Llovía y sus extremidades mojadas comenzaban a erosionarse y fundirse con la roca. Cada gota lo deformaba hasta convertirlo en eso, una montaña con cabeza de gigante. El niño no lo sabía, ni nadie se lo había dicho:
-¡Mama! ¿Es eso un gigante dormido? -preguntó señalando a través de la luna trasera del coche.
-Es sólo una montaña.
Sus facciones parecieron entristecerse, como haciéndose mayor, para dejar de mirar a aquel peñasco basáltico y centrarse en el smartphone y en el respectivo juego de bolas.

-¿Cuánto vas a dormir? -preguntaba otra niña desde otro coche. Ella aún creía en gigantes.
La humedad alcanzaba la boca desdibujando los labios y los ojos, al igual que los del niño, parecían tristes. Más no pudo decir:
“Hasta que el mundo vuelva a creer que todo es posible”
Y ella que tampoco podía responder lo que no se había dicho:
"¡Yo lo hago! No desaparezcas"
Ni lo gritó ni él pudo escucharlo, las lágrimas o la lluvia rellenaron las cuencas de los ojos, volviéndose inútiles para su propósito original, ver el mundo.


La sonrisa inicial, de descubrirle por primera vez, que iluminaba su mirada azul, reflejada en la luna trasera del vehículo, dio paso a una lágrima precipitándose por la mejilla, como una cascada, hasta su cuello. A ella el agua no le hacía nada, no se desintegraban las mejillas, ni le quitaba la palabra, sin embargo no habló, sabiendo que aún podía gritar: "¡Gigante, no te vayas, por favor, no te vayas!"

Le costaba reconocer dónde antes yacía su mirada, la nariz y aquellos enormes pies que cuando pasearon provocaron el tambaleo de la tierra.
“¿Qué sientes cuando ya no eres nada?” “¿Cómo podría un gigante separarse después de la montaña?” Mismo material, esa clase se la había perdido.
Continuaba lloviendo con mayor intensidad, ayudando al que ya no quería ser así, a ser otra cosa.

“Llegan otros tiempos”, resoplaba el viento.

Con la sonrisa truncada en la perdida de inocencia, recordaba como ayer la despedida del gigante. Nunca dejó de buscar en los peñascos, conduciendo durante cientos y miles de kilómetros, a aquel ser que por un momento le hizo saber, que sí, que todo es posible.

Ahora sabía que existió un mundo de hadas, duendes y magia. Leyendas, decían. Ese era su secreto.
Siendo niña contaba la historia del gigante dormido, recreándose en cada detalle de aquel agridulce día, dónde el último de su especie oso desvanecerse. Los niños siempre la creían, pero los mayores, ¡ay los mayores! "Esta chiquilla tiene mucha imaginación”. Así que la continua suma de trescientos sesenta y cinco días a su documento de identidad, silenció aquella historia y a aquella niña.
La última vez que fue a verle, volvió a pedírselo “despierta, por favor, despierta”. No lo hizo y estuvo dispuesta a creer que la magia se había desvanecido del todo. Pero aún alguien, ya no niño, quizá podría y creería en ella y en su gigante.

“Ya no es un gigante, es una roca” volvía a soplar el viento.

Tenía 21 años y era el chico más guapo de la clase. Curiosamente él pensaba lo mismo de la chica de ojos azules sentada en la primera fila.
-¡Atención! -pedía el profesor-. Esto entra en el examen. Como explicaba, es una de las más abundantes de la corteza terrestre, compuesta de silicatos de magnesio, hierro y sílice.
Parece triste, pensó Ian, intercalando la mirada entre el orondo profesor de geología y la chica de ojos azules. La última hora del día por muy apasionante que fuese la lección, se acompañaba de rostros cansados atentos al transcurrir del reloj de agujas de la pared y cuerpos impacientes por acabar e irse a casa.
Dando por finalizada la materia con la corteza terrestre, la presurosa salida de estudiantes, similar al encierro de San Fermín, casi vació él aula. Confirmando sus sospechas, ella, la sin nombre, seguía semi inmóvil sentada con las pupilas fijas en algún punto indeterminado de la pizarra.
Falto del valor suficiente durante todo un semestre para dirigirle una o alguna palabra, acudió rebosante en aquel momento.

-¿Te encuentras bien? -preguntó reposando una mano temblorosa en el hueco desnudo de su hombro.
Parece asustada, pensó, quizá le había sobresaltado aquel efímero contacto físico.
-Sí -mintió, tenía los ojos llorosos-. ¿Crees en gigantes?
 Su semblante se relajó, como si llevara una losa de piedra basáltica muy pesada que acabará de soltar.
-Es curioso -suspiró, pareciera que rememoraba algo muy lejano-, una vez creí ver uno.
-¿Por qué es curioso? -ahora él captaba toda su atención.
-No lo había recordado hasta ahora, cinco minutos antes de tener esta conversación, y me resulta difícil pensar que un día casi lo olvidé.
-¿Cómo era?
-De basalto, muy grande, o yo era muy pequeño. Se estaba durmiendo. No lejos de aquí.
"No sé si me gusta más ese azul con el que miras o esta sonrisa que acabo de ver"
-¿Dónde?
-¿Qué? - estaba tan distraído mirándola que se había perdido en las palabras.
-¿Dónde estaba?
-Ah, sí, siguiendo la carretera comarcal a unos diez kilómetros hay una senda, después hay que rodear un lago, allí solía acampar con mis padres, desde allí se ve la cabeza, para verlo entero hay que ir más adelante.
-¿Estás libre? -esta vez ella le agarraba con el puño un trocito de camiseta, impaciente, iba a llevárselo.
-¿Qué? No tengo novia si lo que quieres es una cita -el azul combinaba perfectamente con el nuevo rojo tomate de sus mejillas.
-Perdona, creo, es que, quería decir...-tartamudeaba cuando él la interrumpió con una sonora carcajada.
-¿Vamos?
-Sí -aún seguía ruborizada.
-Queda una cuestión por dilucidar
-Dime.
-¿Quién conduce?
-Yo, así podrás verle todo el rato, es más que una roca.
-Bien, una cosa más.
-¿La última? -La chica de ojos azules se impacientaba.
-Supongo -los dos se sonreían, se respiraba la emoción -. Tu nombre.
-Aysa.
-Ian.
-¿Vamos?
-No puedo -la tristeza parecía retornar pero...- no puedo si no me devuelves la camiseta.

No la había soltado, tampoco podría conducir agarrada a ella, así que se la devolvió. La sincronicidad del destino, la magia o la pura casualidad, quién sabe, ellos dos regresaron al punto que hace una década les había unido, montados esta vez en el mismo coche.
-Es hermoso -suspiraba Aysa con toda su inocencia -tenemos que subir allí.
-¿Para qué? -todo volvía a ser un juego.
-Tenemos que decírselo para que despierte.
-¿El qué?
-Que sí, que puede hacerlo, porque sabemos que todo es posible.
-Claro, como cuando uno se enamora -Aysa apartó la vista de la carretera, porque sí, él era el más guapo de la clase- ¿Qué haces? Mira a la carretera y acelera.













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